Comentario del mensaje del 25 de noviembre de 2013

“Queridos hijos: Hoy os invito a todos a la oración. Abrid profundamente la puerta del corazón, hijos míos, a la oración, a la oración con el corazón y entonces el Todopoderoso podrá obrar en vuestra libertad y comenzará la conversión. La fe llegará a ser tan firme que podréis decir con todo el corazón: ‘mi Dios, mi todo’. Comprenderéis, hijos míos, que aquí en la Tierra todo es pasajero. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!”

“¿Quién nos podrá separar del amor de Dios?” (Rm. 8, 35). La respuesta a esa pregunta la tenemos muy clara: nadie ni nada. Pero nuestra vida expresa, a menudo, una práctica muy diferente. Es como si quisiéramos dar lecciones a Dios. El Evangelio nos dice perfectamente cuál es el camino que lleva al Padre, quién es el otro para nosotros y cuál es el único y gran mandamiento: el del amor. El Evangelio es claro, transparente, luminoso. ¿Por qué nuestra vida no lo es? No queremos que nada nos separe de Dios pero pecamos, dejamos que el dinero, las cosas materiales o nuestros afectos desordenados nos dicten nuestro comportamiento. Eso es un escándalo para nosotros pero lo es también para nuestros hermanos. Muchos se alejan de la Iglesia y de Dios por nuestro antitestimonio. Queremos participar de la sociedad del amor que Cristo predicó pero endurecemos nuestros corazones con nuestro racismo, nuestros juicios sobre los demás. ¡Qué duros somos! ¡Solo nosotros lo sabemos todo y tenemos toda la razón! ¡Cuánto orgullo! Necesitamos de la oración para poder cambiar nuestras vidas. Solo el humilde reza verdaderamente. El Adviento es un tiempo de cambio, de humildad ante el gran misterio de Dios hecho hombre. “¿Soberbia? —¿Por qué?... Dentro de poco —años, días— serás un montón de carroña hedionda: gusanos, licores malolientes, trapos sucios de la mortaja..., y nadie, en la tierra, se acordará de ti”. (San Josemaría Escrivá de Balaguer). No nos damos cuenta de que nuestra estancia en la tierra es pasajera. Lo importante es Dios y que nos preparemos para encontrarnos con Él. Tantos afanes por tener, tantos afanes por reivindicar nuestro amor propio… y luego nada queda. Solo el amor, solo si hemos amado. “Tú no tienes alforja porque no tienes que amasar riquezas de este mundo, que la polilla y la herrumbre corroen;¡amasa más bien un tesoro en el Cielo!”. (Mt. 6,19).

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Jn. 14, 1-3). Todos los acontecimientos de nuestra vida tienen un sentido. El sentido último lo encontramos en el momento de la muerte. Nuestra esperanza está en Jesús muerto y resucitado por nosotros. El misterio de la vida y de la muerte solo lo conoce Dios y pueden acercarse aquellos que aman al Señor. Cuando vemos el mal que hay en el mundo nos damos cuenta de que solo Dios puede dar luz a nuestra vida. Debemos confiar en Dios, debemos confiar en su amor. “Tener una confianza absoluta, incondicional e inquebrantable en Dios, nuestro amoroso Padre, aun cuando parezca que todo ha fracasado”. (Madre Teresa de Calcuta). Dios no quiere que nada malo suceda a sus criaturas. Lo importante es permanecer en su amor. La oración nos mantiene firmes en su amor. La insistencia en la oración no es superflua. Nos ayuda a darnos cuenta de que Dios no fracasa, fracasa nuestra falta de amor. Nuestro paso por la tierra es solo para amar. Cuando Dios llama lo hace para que permanezcamos para siempre en su amor. No podemos contemplar negativamente ningún aspecto de la vida o de la muerte. Dios nos tiene preparada una morada eterna. Debemos rezar al Espíritu Santo, estamos necesitados de Dios. Pidamos, desde la indigencia, desde la pobreza y siempre con humildad:

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO (de San Agustín) “Espíritu Santo, inspíranos, para que pensemos santamente. Espíritu Santo, incítanos, para que obremos santamente. Espíritu Santo, atráenos, para que amemos las cosas santas. Espíritu Santo, fortalécenos, para que defendamos las cosas santas. Espíritu Santo, ayúdanos, para que no perdamos nunca las cosas santas”.

¡Que la Gospa no nos abandone nunca y nos lleve al amor de Dios!

Ferran J. Carbonell